Son una suerte de catarsis existencial

Hay un instante en la solitaria y abrumadora magnitud del cosmos en el que La Ecuación resulta probable a nuestro favor y, de causalidad, venimos a nacer al mundo. Pero alguien al otro lado, a su vez, prende una mecha desde el final. Los segundos empiezan a arder. Entonces el tiempo se vuelve arena en el reloj y ya nunca se detiene. No hay soplido, ni huracán, que pueda consumir esa llama que calcina día tras día la mecha en la que se ha convertido, de repente, nuestra vida.

Crecemos. Y nuestras historias, tan dispares como improbables, continúan a lo largo de los años a través de sucesos únicos e irrepetibles en el espacio y en el tiempo. Hasta que, de una forma casi inconcebible, acaban convergiendo milagrosamente en este lugar común: los videojuegos. Una especie de arte sublime al que, tarde o temprano, acabamos llegando. Pero la Mecha sigue. Y sigue. O, mejor dicho, se acaba. Se acaba…

No pensar en ello, en esa taberna existencial donde solo sirven angustia e insignificancia en relucientes copas de duda, ayuda, en gran parte, a sobrellevar la vida. En la ignorancia se halla la felicidad, dicen. Pues no estoy de acuerdo. Crecer es caminar por las sombras hasta que, un día y de golpe, todos los procesos neuronales estallan como fuegos artificiales, tiñendo nuestra visión de futuro de color cobalto. Es entonces cuando una puerta se abre y ya no volvemos a ser los mismos. No podemos. Necesitamos encontrar un significado.

El Arte, esa cuasi divinidad a la que toda expresión artística aspira, ha propiciado en mayor o menor medida (y con más o menos acierto) las herramientas adecuadas para acercarnos un paso más a la comprensión del todo. O al entendimiento de nuestra posición ínfima y remota entre las estrellas. Pintura, música, literatura, cine… sí, y también los videojuegos. Estas disciplinas procuran sustraernos de la realidad y, también, arrojarnos de cabeza a ella. Pero somos nosotros los que decidimos qué hacer con ellas.

Uno no se plantea contemplar un cuadro para pasar el rato. Esa no es la idea con la que ha sido concebido, al menos. De la misma manera, no abres un libro “por hacer algo” o escuchas una canción porque “no tienes nada mejor que hacer”. Sí, puede darse ese caso en particular, pero sería algo muy parecido a sacar un tornillo con una bombilla. El artista, como poco, ha aportado dos de los tres pilares fundamentales de toda obra de arte: la intención de comunicar algo, la técnica con la que llevar ese mensaje a cabo y el contenido más o menos intelectual que subyace tras su obra. Nuestro trabajo es el de adoptar el papel de cómplice y descifrar dicho mensaje para interpretarlo como mejor sepamos de manera que pueda aportarnos un bagaje sólido y útil con el que podamos adentrarnos en la incertidumbre de nuestras vidas. Es decir, ralentizar tanto como podamos esa Mecha que se va consumiendo segundo tras segundo.

Los videojuegos nacieron como entretenimiento para niños. Algo inocente y sin muchas pretensiones. Rozando ligeramente lo artístico (debido, también, a la escasez de medios y de experiencia). Estos videojuegos primerizos, generalmente, eran desarrollados por una, dos o tres personas en un garaje (por darle un cariz de romanticismo a la historia), y sin mayor pretensión que la de llevarse unas sustanciosas monedas al bolsillo. La fórmula resultó un completo éxito en cuestión de años. Los niños se evadían y, en parte, conseguían estimular una todavía efervescente creatividad, que vendría a dar en muchos casos en nuevos y más preparados creadores de videojuegos.

Pero, como toda mano detrás de una expresión artística, el asunto maduró y el entretenimiento se hizo no solo más complejo, si no que también maduró como una fruta a la que se le desprende la piel con solo tocarla. A los desarrolladores se les despertaron nuevas inquietudes, y los jugadores dejaron de contentarse con saltar, aplastar o apretar botones para evitar que una pelota que poco a poco iba ganando velocidad mientras rebotaba por las paredes, se saliera de los márgenes establecidos para ello. Vieron las posibilidades del medio, las entendieron y, en consecuencia, las elevaron a la categoría de fabulosas.

Lo que antes distraía, ahora evadía (una palabra que engloba un significado mucho más profundo), y los problemas del mundo desaparecían y, por unas horas, el gris de una vida estallaba en cientos de colores, y lo malo era menos malo, y todo parecía verdaderamente posible. Uno podía ser héroe o villano, entender sus motivaciones, transmutar y alterarse. En ese tiempo de juego, no había Mecha. Sublime.

Nos gusta alardear de todo lo que ha crecido el mundo del videojuego en estos últimos veinte años. Nos ofende cuando aquellos que todavía no han establecido las suficientes conexiones neuronales como para entenderlo, lo rebajan a la categoría de “cosas de niños” o “entretenimiento para inadaptados”. Nos disgusta porque sabemos que hay mucho más allá de los códigos, paletas de colores y secuencias programadas, y en la gran parte de las ocasiones ni siquiera sabemos cómo transmitírselo a los demás. Quizás seamos nosotros, los amantes de los videojuegos, los únicos culpables de cómo están las cosas.

Detrás de un videojuego hay ilustradores, animadores, escritores, diseñadores y todo un elenco de artistas que no solo buscan crear algo en donde antes no había nada (lo que viene a ser una suerte de magia), si no que persiguen a su vez la trascendencia. Para ellos y para los propios jugadores. Y todo mientras alivian de arrugas sus avíos y ensayan los pasos mágicos una y otra vez antes de la Gran Actuación. Desean perdurar, ayudar, calmar y olvidar. Olvidar que, tarde o temprano, todo acabará, y que estamos aquí de paso, y que es muy necesario, casi vital, encontrar esa sublimación que nos diga que todo, al final, ha merecido la pena.

Yo sigo jugando a videojuegos porque necesito esa dosis de humildad. Sentirme pequeño ante la inmensidad del cosmos, insignificante, y saber que en los juegos, y también en los libros, en la pintura y en el cine, hay instantes de puro éxtasis, de conexión con el todo y con lo más íntimo y apartado de nosotros. Lo que no se ve, pero que está y que aparece en los momentos más duros de nuestras vidas. El Arte nos regala maravillosos momentos de evasión, de gracia y de gloria. Olas abrumadoras de innombrables sentimientos. Todo de golpe. Una realidad asfixiante, pero también hermosa. Porque es la única que tenemos.

No sé si esto te ayudará. A mí, lo ha conseguido. Así que, si has llegado hasta aquí, te doy las gracias. Vive una vida plena y aprovecha tu tiempo. Juega a videojuegos. Sin miedo.

Ralentiza tu mecha.

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