La sociedad se mueve a ritmo vertiginoso, pero conviene frenar de vez en cuando para saborear los pequeños placeres que tenemos delante de nuestras narices

Que estamos en una sociedad de consumo rápido es un hecho impepinable que nadie puede rebatir. No terminamos una cosa y ya estamos empezando otra, sin tiempo para degustar, ni reposar ni repetir. En los videojuegos se repite esta tónica, y con la llegada de cierto servicio se acentúa mas este problema. Si amigos, por una vez en meses voy a sacar un aspecto negativo al Xbox Game Pass, aunque por supuesto no es ni de lejos el foco de mi crítica. El problema viene de más atrás. Un problema asociado a la cultura contemporánea, al poder adquisitivo y a la velocidad con la que gira nuestro mundo. Me refiero a lo poco que exprimimos los juegos, al poco potencial que sacamos de sus ideas, y a no rascar nada más que la superficie sin llegar a explotar todo el potencial que puede dar de sí la propuesta que el estudio quiere mostrar.

No voy a descubrir la cuadratura del círculo. Todos estamos en el mismo grupo, y en cierta medida participamos en esta espiral de compras impulsivas y arrebatos jugables. Pero hay un juego que me ha hecho abrir los ojos y pensar sobre el tema. Un título del que todo el mundo habla bien, pero que luego nadie se ha pasado (venga, va, alguno sí lo ha terminado). Se trata de Lonely Mountains Downhill, el titulo desarrollado por Megagon Industries y que nos pone en la piel de un ciclista sin más pretensiones que realizar descensos por montañas empinadas. Lo que en un principio parece una propuesta simple con gráficos “low-pol”, con el tiempo y horas de juego va ganando cierta profundidad que pocos usuarios llegan a conocer. De nuevo, las prisas no son buenas compañeras.

Un 0.18%. Ese porcentaje tan pequeño representa a la gente que ha terminado el juego. Juego que, por otra parte, dura en torno a unas 2 horas si vamos a por lo esencial. Si prácticamente nadie ha visto los créditos finales, ¿cómo van a sacar todo el potencial que ofrece la propuesta? Las bicicletas adicionales, buscar rutas imposibles, batir tiempos personales, ir a por los logros que el juego propone… un sinfín de tareas que nadie está dispuesto a superar. Este hecho se extrapola a otros juegos, por supuesto. No tengo los datos, pero me gustaría conocer cuántas personas dan una segunda vuelta buscando la perfección en Devil May Cry 5, quiénes buscan una experiencia diferente con la campaña de Call of Duty: Modern Warfare en veterano, o me atrevería a decir quiénes dan repiten campaña de Resident Evil 2 Remake con el otro protagonista. ¿De hecho, os acordáis cuando rejugábamos Resident Evil 2 (el original) intentando batir el tiempo mínimo para desbloquear un personaje secreto? Qué tiempos aquellos.

Pese a que tengamos un aluvión de videojuegos cada mes (y cada semana…), tenemos que empezar a tomar conciencia colectiva de todo lo que puede dar de sí cada título que pasa por nuestras manos. Puede que algunas propuestas sí que sean más prescindibles que otras, o simplemente no se las pueda sacar más “jugo” de lo que tienen, pero otros juegos requieren un tiempo de preparación, de desarrollo de mecánicas o de desafíos impuestos por el propio jugador que no se completan (ni contemplan) en una sesión de juego. Ofreced oportunidades tanto a grandes producciones como pequeñas. Ahondad en sus controles y en los retos adicionales que el estudio de turno quiere que descubramos. Al final, si tendemos la mano y rascamos en lo mas profundo de cada obra, los jugadores ganaremos en diversión, en entretenimiento y en capacidad de dar lo mejor de nosotros mismos.

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