Justamente dentro de 57 años toda tu vida se reducirá a una carrera por salvar la vida con tu hijo en brazos

“La guerra… la guerra no cambia nunca”

Pienso eso una y otra vez mientras me miro en el espejo del baño, envuelto en el vaho y con los diferentes sonidos de la casa mezclándose con él: Helen tarareando esa vieja canción de Nat King Cole que dice no sé qué de un cielo de color naranja, el pequeño Shaun balbuceando alegre en su cuna, Codsworth con sus subrutinas de parloteo y la televisión.

Esta noche hay una reunión para veteranos en el Boston Memorial. Se inaugurará una estatua dedicada los héroes locales y yo estaré allí, sentado escuchando los discursos con el uniforme de gala puesto.

Helen entra en el baño a colocar unas toallas limpias y me observa, parado delante del espejo. Me dice algo amable acerca de que seré el veterano más guapo de la ceremonia. Intenta levantarme el ánimo y le sonrío pero en realidad ambos sabemos que no me apetece nada acudir.

—Codsworth ha hecho un trabajo increíble con tus condecoraciones —me dice—.  Lucirán resplandecientes.

—Genial —respondo escueto.

Condecoraciones. Medallas por estar donde no quería estar y matar a gente que no conocía.

Sí, es para estar orgulloso.

Un rato después estoy en la sala-cocina, tomando café y leyendo el periódico mientras Helen prepara su biberón a Shaun y da nuevas instrucciones al robot.

La televisión sigue encendida y las noticias son cada vez peores: avistamientos de submarinos chinos en aguas internacionales y tensión creciente en el Pacífico. Quejas de ambos gobiernos acusándose respectivamente de aviones de observación derribados.

No comentamos nada sin embargo hasta que hablan de algo más amable.

— ¿Has oído? —me pregunta Helen sobre la última noticia— Hoy se lanza esa nueva Nuka-Cola, ¿cómo se llama?… ¡Quantum! ¿Quieres probarla?

— ¿Una bebida que brilla en la oscuridad? —respondo divertido— Creo que podré vivir sin ella…

Helen ríe desde la cocina.

—Bueno, pero al menos prométeme que cuando Shaun cumpla un par de años nos llevarás a Nuka-World —me dice con un divertido tono de súplica fingida—. Los Greyson estuvieron por su luna de miel y Margaret me contó que es un sitio increíble. Estuvieron cinco días y no les dio tiempo a verlo todo.

—Me parece un buen plan… —dijo sin dejar de leer las poco alentadoras noticias del periódico.

Justo en ese momento Codsworth avisa:

—El pequeño Shaun está llorando, señora.

Y también en ese mismo instante llaman a la puerta. No tengo ganas de ver a nadie ahora, así que me anticipo:

—Yo me encargo de Shaun…

Me quedo junto a la cuna y acciono el juguete móvil sobre ella para tranquilizarle. Miro al bebé y me pregunto en qué clase de mundo crecerá. La tecnología nuclear lo domina todo pero al mismo tiempo ha causado esta crisis energética y nos ha llevado a la guerra… y aún puede estar por venir lo peor si nadie lo remedia.

No me he dado cuenta pero Helen ha aparecido en la habitación y está observándonos desde el umbral de la habitación de Shaun. Y sonríe:

—Mis dos hombres… —dice. Luego, más seria, pregunta— Estás preocupado por las noticias, ¿verdad?

—Es para estarlo —dejo caer mientras sigo haciéndole carantoñas al niño.

—Pues deja de estarlo… Lo he hecho.

La observo sin saber bien a qué se refiere. Entonces ella continúa sin necesidad de que yo pregunte nada:

—Lo de ese refugio de Vault-Tec de ahí arriba. He firmado; estamos dentro… si ocurre lo peor.

—Sigo sin verlo claro —vuelvo a quejarme—. Circulan rumores sobre esos refugios que están construyendo por todo el país. Recuerda que es una empresa privada y, sin embargo, no te piden dinero para ser seleccionados. Sus criterios… no están claros.

—Lo sé, John —replica ella—. Todo eso ya lo hemos hablado, pero mira cómo están las cosas… Puede que haya algo turbio en Vault-Tec y sus refugios pero, si China nos ataca y caen las bombas, prefiero lo que haya allí abajo a lo que se convierta la superficie.

—Si empleas la lógica estoy perdido —le digo sonriendo y confiado en que no tengamos que llegar a eso.

Justo entonces llega la voz de Codsworth desde la sala de estar. En los casi dos años que lleva a nuestro servicio ignoraba que entre sus subrutinas de comportamiento estuviesen incluidos el miedo o la angustia. Pero en este momento, aun siendo un robot, su voz suena aterrada.

— ¡Señora! ¡Señor! ¡Deberían venir a ver esto, rápido!

Corremos hacia allí y nos detenemos ante el televisor. El locutor de noticias tiene la voz medio quebrada, ahogada…También está aterrorizado.

…seguidos por destellos. Sí, destellos cegadores y sonidos de explosiones…”

Helen y yo nos miramos estupefactos sin atrevernos a decir nada. Solo escuchando petrificados ante la pantalla.

“…estamos intentando confirmarlo pero parece que hemos perdido la conexión con nuestros estudios. Pero tenemos informes que… repito: tenemos informes que confirman que se han producido impactos nucleares en Nueva York y Pensilvania. ¡Dios mío…!”

— ¡Coge al niño! —dice Helen sin ni siquiera pensarlo. Puedo ver el terror en sus ojos.

— ¡Al refugio! —exclamo yo mientras ella va a la habitación de Shaun— ¡Es nuestra única oportunidad!

Abro la puerta de la casa mientras vuelve Helen con el bebé en brazos y el espectáculo que se muestra ante mí se me antoja grotesco y surrealista. La que hasta hace solo unos minutos era una pacífica zona residencial, con sus coquetas casas de  vallas de madera pintadas en blanco, con columpios, césped que cortar y barbacoas los domingos, ahora está llena de soldados, Verti-Birds del ejército que aterrizan y despegan y civiles corriendo en todas direcciones; asustados, desorientados.

Ya juntos los tres, mientras dejamos atrás la casa (nuestra casa) y a Codsworth, que dice algo que no entendemos, echamos a correr colina arriba, hacia el refugio de Vault-Tec.

Muchos de nuestros vecinos corren hacia allí. El refugio ha sido uno de los temas de conversación de nuestra pequeña localidad desde que empezaron a construirlo hace un par de años, como otros muchos similares por todo el país. Mucha gente desconfía de Vautl-Tec. Creen que tienen demasiado poder e influencia en campos que no deberían estar bajo control privado… Si es que realmente son una empresa privada. Otros muchos creen que el gobierno está detrás de ellos.

Pero en este momento a nadie le importa; todos corren hacia allí, pese a haber sido reticentes a inscribirse para ser uno de los refugiados en el caso que nunca creímos que llegaría y que ya está aquí.

La Guerra. La guerra no cambia nunca…

— ¡No pueden pasar si no están en la lista! —grita uno de los soldados que custodian la puerta del vallado que rodea la entrada del refugio. Otros muchos uniformados tratan de contener a la muchedumbre que intentan acceder, algunos cargados de maletas. Todo es una locura.

A empujones y codazos, manteniendo a Helen protegida por mi espalda mientras lleva a Shaun entre sus brazos envuelto en una mantita, consigo llegar hasta el oficial.

— ¡Nosotros estamos inscritos! ¡Estamos inscritos! —le grito fuera de mí. Suenan las sirenas por todas partes y no sabemos cuánto tiempo nos queda.

— ¡Apellidos! — me grita él, acosado por la avalancha humana que sus hombres intentan mantener a raya.

Segundos después corremos lo que queda de colina hasta llegar a la explanada que la corona. Hay varias casetas de control y un gran círculo metálico en el suelo, como si fuese la plataforma de lanzamiento de un silo de misiles. Nos dirigen hacia allí otros hombres uniformados.

— ¡Colóquense en el centro, en el centro! —nos ordenan a gritos.

Suenan más sirenas y unas luces relampagueantes que circundan la entrada giran con su destello amarillo.

Entonces notamos una vibración bajo nosotros y toda la plataforma circular, muy lentamente, empieza a moverse hacia abajo, como un ascensor.

De pronto un gran estruendo que ahoga a todos los demás ruidos truena en el cielo, que destella como si Dios hubiese encendido todas las luces de repente. Y un aire caliente y espeso comienza a llegar hasta nosotros, haciendo que la mayoría se cubra las caras o se tapen los ojos con las manos.

Pero yo consigo, a duras penas, verlo. Veo a lo lejos, hacia el este, el inmenso hongo nuclear formarse lentamente. Con una cadenciosa armonía, irrealmente bello en el fondo.

Y mientras seguimos descendiendo hacia las profundidades, justo a tiempo ya que el aire empieza a faltar y el calor a ser insoportable, miro por última vez al cielo.

Está naranja, como en la canción de Nat King Cole.

Este fan-fiction está dedicado a Bethesda por sus magníficos juegos de la saga, a Interplay y Black Isle por los anteriores y a todos los fans de FALLOUT.

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